Cómo Darwin ganó la carrera de la evolución

20090310054035 Recientemente The Guardian publicó un interesante artículo de Robin Mckie titulado How Darwin won the evolution race, en el que el director de ciencia y tecnología del famoso medio de comunicación británico, expone una apasionante y apretada batalla entre Charles Darwin y Alfred Russell Wallace por convertirse en el progenitor de la Teoría de la Evolución. A continuación reproducimos el artículo, traducido al español, esperando que arroje luces sobre este tipo de confrontaciones académicas en las que el logro y pasar a la historia, están de por medio.

“A comienzos de 1858, en Ternate, una isla de Indonesia, un joven coleccionista de especímenes estaba persiguiendo a las elusivas aves del paraíso que poblaban la isla, cuando fue atacado por la malaria. “Todos los días, cada vez que sufría uno de los ataques de frío y luego de calor, tenía que acostarme, tiempo durante el cual no tenía otra cosa que hacer sino pensar en los temas que revestían un interés particular para mí en ese momento”, recordaría después.

Es posible que la cabeza de personas menos aguerridas se hubiese llenado de pensamientos acerca del dinero y las mujeres. Pero Alfred Russel Wallace estaba hecho de otra madera. Wallace comenzó a pensar en las enfermedades y las hambrunas, en la manera como esos fenómenos controlan a las poblaciones humanas y en los descubrimientos recientes que indicaban que la Tierra era muy vieja. Entonces se preguntó cómo influenciaban la composición de las diferentes especies esas oleadas de muerte, que se repetían una y otra vez a lo largo de los siglos.

Luego cedió la fiebre y lo asaltó la inspiración. Wallace se dio cuenta de que los individuos mejor adaptados sobrevivían más y, con el tiempo, podían evolucionar hasta convertirse en nuevas especies. Así apareció, al igual que una fiebre, la teoría de la selección natural en la mente de uno de nuestros más grandes naturalistas. Wallace escribió sus ideas y se las envió a Charles Darwin, que ya era un naturalista reconocido. Sus reflexiones llegaron a la casa campestre de Darwin en Downe, Kent, el 18 de junio de 1858, hace poco más de ciento cincuenta años.

En sus propias palabras, Darwin quedó “destrozado”. Llevaba dos décadas trabajando en esa misma idea y ahora alguien más podría recibir el crédito por lo que más tarde sería descrito por el paleontólogo Stephen Jay Gould como “la revolución ideológica más grande en toda la historia de la ciencia” o, en palabras de Richard Dawkins, “la idea más importante que se le ha ocurrido a un cerebro humano”. Lleno de angustia, Darwin les escribió a sus amigos el botánico Joseph Hooker y el geólogo Charles Lyell. Lo que siguió después se ha convertido en tema de una leyenda científica.

Con el fin de proteger los derechos de autoría de Darwin sobre la teoría de la selección natural, Hooker y Lyell organizaron una lectura conjunta de las obras de los dos hombres en la Sociedad Linneana de Londres, en Burlington House, Piccadilly. El primero de julio, en un salón que hoy hace parte de la Royal Academy, se reunieron los miembros de la Sociedad para escuchar la noticia de la aparición de la teoría que ha despertado mayor rechazo y mayor número de problemas para nuestra especie en toda la historia. Hace poco más de ciento cincuenta años fue lanzada al mundo una noción más radical incluso que las teorías de Marx, aunque esa ciertamente no fue la impresión que causó en ese momento.

Para comenzar, ni Darwin ni Wallace ofrecieron exaltadas conferencias ante una audiencia masiva de miembros de la Sociedad Linneana que los ovacionaron y se dieron cuenta de que Dios estaba muerto, como se sugiere a menudo. Ninguno de los dos científicos estuvo presente: Wallace seguía en Indonesia, mientras Darwin se encontraba en su casa, junto a su esposa Emma, llorando la muerte de su hijo Charles, de diecinueve meses, ocurrida el 28 de junio a causa de un brote de escarlatina.

Por otro lado estaba la audiencia. Se componía de aficionados, que fueron bombardeados durante varias horas con asuntos de la Sociedad, para presentarles después la lectura de los cuadernos, trabajos y cartas de Darwin y Wallace. Al final, los caballeros salieron “más agobiados por la cantidad de información que les habían echado encima, que asombrados por las nuevas ideas”, al decir del historiador J. W. T. Moody, de acuerdo con un estudio de la reunión realizado en1986. La noticia de que la humanidad había sido destronada del centro de la creación fue recibida con un silencio apático.

Meses después, la gente todavía no entendía las repercusiones de esta bomba intelectual. Al hacer el balance del año 1858, el presidente de la Sociedad Linneana, Thomas Bell, concluyó que el año no había estado marcado “por ninguno de esos asombrosos descubrimientos que revolucionan de inmediato el departamento de la ciencia”. Al parecer, en su opinión, el hecho de destronar a Dios no era suficientemente revolucionario.

Sin embargo, ya se había encendido la mecha. “La carta de Wallace le dio a Darwin un buen sacudón”, dice el genetista Steve Jones. “Le había dado vueltas al asunto durante veinte años y habría seguido haciéndolo por otros veinte años si no se hubiese dado cuenta de que alguien más estaba sobre la pista”. El verano de 1858 cambió todo para Darwin. Aunque no era de ninguna manera un hombre arrogante, era consciente del valor de sus ideas. Ya se había ganado una medalla de oro de la Royal Society y no iba a permitir que un insignificante coleccionista de especímenes de Malasia le robara el crédito. Así que se sentó con una tabla sobre las rodillas, en el único sillón de su casa en el que podía acomodar sus largas piernas, y escribió la investigación que había venido desarrollando en los últimos veinte años.

El resultado final fue El origen de las especies mediante la selección natural, cuyo aniversario 150 se celebrará este año, dentro de la conmemoración de los 200 años del nacimiento de Darwin. Como dato sobresaliente, este es el único tratado científico importante que fue escrito de manera deliberada como un texto de divulgación, un libro cuyas líneas narrativas se entrecruzan de una manera que ha sido comparada con la escritura de George Eliot o Charles Dickens y que está salpicado de metáforas exquisitamente ingeniosas. “Darwin estaba creando una obra de arte duradera”, como lo afirma Janet Browne, la biógrafa de Darwin.

Richard Dawkins, cuya serie de programas Dawkins acerca de Darwin apareció en agosto del año pasado en el Channel 4 de la televisión inglesa, hace eco de ese elogio. “Cuando uno lee El origen de las especies tiene la sensación clara de que Darwin tenía mucho interés en hacerse entender. No solo quería persuadir a sus colegas científicos: quería mostrarle al público la verdad de sus ideas. Se esforzó mucho para lograrlo, razón por la cual resulta un libro tan convincente. Sus oraciones son, tal vez, un poco largas y tortuosas para los estándares modernos, pero en su época debió ser una obra de fácil comprensión”.

Esa accesibilidad garantizó que la idea de la selección natural apareciera ante los ojos del público de manera mucho más vívida de lo que se esperaría y que apresurara la aparición de las reacciones de angustia e indignación que Darwin había previsto. “Absolutamente falsa y penosamente engañosa”, fueron las palabras con que calificó la obra Adam Sedgwick, ex profesor de Darwin, en una carta dirigida a su antiguo pupilo. Quienes apoyaban a Darwin –Hooker, Lyell y Thomas Huxley– salieron en su defensa y comenzaron una batalla que culminó con el famoso debate entre Huxley y el obispo Wilberforce en la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, en Oxford, en junio de 1860. A Huxley se le atribuye popularmente el honor de haber derrotado a Wilberforce, en una institución en la que dos tercios de los graduados tomaban los hábitos. Aunque no fue en lo absoluto un espectáculo despreciable, la naturaleza decisiva de la “victoria” de Huxley es cuestionada en la actualidad por muchos historiadores, y se considera más bien un empate. Por otro lado, es claro que en esa época soplaban vientos de cambio y que la publicación de El origen de las especies aceleró esa transformación. La Iglesia, que hasta ese momento era la autoridad nacional acerca del mundo natural, estaba perdiendo un terreno que la ciencia estaba ganando.

“A lo largo de las décadas que siguieron, los defensores de Darwin llegaron a ocupar posiciones de influencia en la vida intelectual británica y norteamericana”, escribe Browne. “Hacia el final estaban por todas partes, en el Parlamento, en la Iglesia anglicana, en las universidades, en el gobierno, en el servicio colonial, en la aristocracia, en la marina, en el ejercicio del derecho y la medicina; en Inglaterra y al otro lado del Atlántico”. Esos hombres garantizaron que la selección natural perdurara y se encargaron de que Darwin fuera enterrado en la Abadía de Westminster en 1882, lo cual no estaba mal para un agnóstico confeso.

Darwin sigue siendo objeto de veneración y su imagen aparece en el actual billete inglés de 10 libras. Por el contrario, Wallace cayó en el olvido. Quedó muy complacido al permitir que Darwin y sus amigos promovieran la selección natural. “Eso me garantiza el contacto con hombres muy eminentes, y su ayuda, al regresar a casa”, le dijo a su madre. Sin embargo, queda la sospecha de que Wallace haya hecho un mal negocio. Autodidacta y de origen humilde, Wallace no contó con ninguno de los privilegios de los que disfrutó Darwin, que se educó en la universidad y cuyo padre era un próspero médico. Wallace tuvo que abrirse camino como aprendiz de carpintero y luego como supervisor de aprendices, antes de convertirse en un distinguido naturalista. También fue un socialista temprano, que apoyaba la lucha por los derechos de las mujeres y respaldaba el movimiento de reforma agraria, y un escritor muy talentoso. Joseph Conrad mantenía en su mesa de noche un ejemplar de Elarchipiélago malayo, el recuento de los ocho años que Wallace pasó en la región, y lo consultó para sus propios libros, en especial para Lord Jim.

Pero la personalidad y la vida de Wallace estuvieron marcadas por la desgracia. Su primera gran expedición para recolectar muestras, que lo llevó al Amazonas, terminó en desastre cuando el barco en que regresaba a Inglaterra se incendió y naufragó con miles de muestras y las esperanzas de Wallace de obtener una ganancia segura. El coleccionista sobrevivió, pero solo pudo recuperar un par de cuadernos y un loro furioso.

Wallace también era impetuoso. Mientras Darwin entendía a cabalidad las implicaciones de su teoría y retrasó la publicación porque sabía que iba a despertar la indignación de los creyentes, entre otros de su propia esposa, Wallace se lanzó a ciegas, feliz de escandalizar a la sociedad. Le importaba un bledo, decía Jonathan Rosen, en un ensayo sobre Wallace publicado hace un par de años en el New Yorker. “Esa absoluta independencia de la opinión pública es una de las muchas razones para que Wallace haya desaparecido del imaginario popular”.

Adicionalmente, Wallace creía en el espiritismo (que Darwin y sus amigos detestaban) y al final de sus días hizo campaña en contra de la vacunación. “Wallace era un hombre admirable y casi un santo en la manera como trataba a los demás”, dice David Attenborough. “Sin embargo, como científico no tenía la talla de Darwin. A Wallace se le ocurrió la idea de la selección natural después de pasar un par de semanas asediado por las fiebres palúdicas. Darwin no solo trabajó la teoría sino que reunió una cantidad enorme de información para apoyarla”.

Esta afirmación es respaldada por el historiador Jim Endersby. “La selección natural era una idea brillante, pero lo que la hizo verosímil fue el peso de la evidencia presentada por Darwin. Esa es la razón por la cual recordamos a Darwin como su principal autor”. En su viaje alrededor del mundo en el Beagle, entre 1831 y 1836, Darwin llenó innumerables cuadernos con sus observaciones, en particular aquellas acerca de los animales que vio en las distintas islas Galápagos y que estaban estrechamente relacionados entre sí. Y luego, en su enorme jardín en Downe, Darwin cruzó distintas variedades de orquídeas, cultivó pasionarias y en una ocasión tocó el fagot delante de unas lombrices para probar su respuesta a las vibraciones. Reunió cientos de datos acerca del cultivo de plantas y animales para apoyar sus argumentos de El origen de las especies. Wallace no podía presentar nada igual.

Sin embargo, esto no ha acallado las acusaciones de que Darwin y sus seguidores emplearon trucos muy sucios para hundir a Wallace. De acuerdo con esas ideas, Darwin recibió el ensayo que le envió Wallace desde Ternate varias semanas antes de lo que reconoció haberlo recibido, hurtó su contenido y después lo usó como propio en El origen de las especies. Este argumento aparece desarrollado en dos libros norteamericanos –el de Arnold Brackman y el de John Langdon Brooks– publicados hace veinte años, que describen a Darwin como un oportunista inescrupuloso y un ladrón intelectual. Sin embargo, ninguno de los dos libros presenta un caso convincente, y la gran mayoría de los académicos han concluido desde entonces que sus afirmaciones no son justas ni creíbles.

Tal como concluye el biógrafo de Wallace, Peter Raby: “Nunca se había construido una teoría tan fascinante sobre una evidencia más débil. En cuanto al factor humano, no hay nada en la vida de Darwin que sugiera que fuera capaz de semejante deshonestidad intelectual, aunque no era especialmente generoso a la hora de reconocer la deuda que tenía con sus fuentes”.

En efecto, los historiadores sostienen que, de no ser por Darwin, la idea de la selección natural habría sufrido un terrible detrimento. Si Darwin no hubiese sido el primero en desarrollar la idea de la selección natural y hubiese sido, en cambio, Wallace quien obtuviera el prestigio y la atención, la teoría habría producido un impacto muy distinto. “Al final, Wallace llegó a creer que la evolución a veces estaba guiada por un poder superior”, añade Endersby, el editor de la edición de El origen de las especies que publicará próximamente la Universidad de Cambridge. “Pensaba que la selección natural no podía ser la responsable de la naturaleza de la mente humana y afirmaba que la humanidad se veía afectada por fuerzas que la separaban del reino animal”.

Esta noción está peligrosamente cerca de la idea del diseño inteligente –propuesta por los creacionistas modernos–, según la cual el curso de la evolución fue dirigido por la mano de una deidad. Por el contrario, la visión de Darwin era rigurosa e indicaba que la humanidad era un simple “vástago en el inmenso árbol de la vida, el cual, si fuese vuelto a plantar de una semilla, casi con absoluta seguridad no volvería a producir ese vástago”, en palabras de Stephen Jay Gould. De acuerdo con Darwin, no hay cláusulas exclusivas para los humanos. Nosotros estamos tan sujetos a las leyes de la selección natural como las bacterias o las tortugas.

Las raíces de esa postura tan inflexible tienen, sin embargo, un aspecto muy humano. Darwin combinaba íntimamente su vida y su carrera. Al ser un genuino hombre de familia, experimentó un terrible dolor con la muerte de su hijo Charles en 1858, cuando todavía era un bebé, y quedó absolutamente destrozado por la muerte de su hija de diez años, Annie, a causa de la tuberculosis en 1851, tal como lo señala el libro Annie’s Box: Charles Darwin, His Daughter and Human Evolution, de Randal Keynes, el tataranieto de Darwin. Cataplasmas de mostaza, brandy, cloruro de cal y amoníaco era todo lo que la medicina le podía ofrecer a Annie cuando comenzó a enfermarse. Pero ninguna de estas sustancias tuvo efecto alguno en ella, mientras empeoraban los ataques de vómito y los delirios, hasta que murió el 23de abril de 1851 “sin exhalar un último suspiro”, según recordaba Darwin. “Perdimos la alegría de la casa y la dicha de nuestra vejez”.

Keynes sostiene de manera muy convincente que la muerte de Annie tuvo un impacto considerable en el pensamiento de Darwin. “En los últimos días de vida de Annie, él [Darwin] observó cómo la cara de la niña iba cambiando hasta hacerse irreconocible debido al adelgazamiento producido por su enfermedad mortal. Solo se pueden entender las verdaderas condiciones de la vida cuando uno acepta la verdadera inclemencia de las fuerzas naturales”. La enfermedad de su hija hizo que Darwin abriera los ojos a los procesos inflexibles que rigen la evolución. “Contemplamos la cara de la naturaleza con fascinación”, escribiría años después. “Pero no vemos, o preferimos olvidar, que las aves que cantan de manera distraída a nuestro alrededor se alimentan principalmente de insectos o semillas y, en consecuencia, constantemente están destruyendo la vida, u olvidamos la manera como esas aves cantoras, o sus huevos, o sus nidos, son destruidos por las aves o los animales de rapiña”. O, como escribió en otra parte: “En la naturaleza todo es guerra”.

Esa visión tan despiadada –que hace énfasis en la suerte ciega como el mecanismo determinante en la lucha por la supervivencia y el curso de la evolución– resultaba inquietante para los victorianos, que tenían tanta fe en el esfuerzo propio y el trabajo duro. Sin embargo, ésa es la versión de la selección natural que han apoyado desde entonces un siglo y medio de observaciones y que es aceptada hoy día prácticamente por todos los científicos de la Tierra.

Desde luego, no ha sido un proceso fácil. Aún hoy, la selección natural ocupa un estatus especial entre las teorías científicas al ser la que comúnmente sigue recibiendo más rechazos y ataques de parte de un significativo, aunque reducido, segmento de la sociedad, principalmente los cristianos y los musulmanes fundamentalistas. Esos individuos tienden a tener pocas opiniones sobre la relatividad, la teoría de la gran explosión o la mecánica cuántica, pero rechazan vigorosamente la idea de que la humanidad esté ligada al resto del mundo animal y descienda de ancestros semejantes a los monos.

“Hace veinte años eso no era problema”, dice Steve Jones, un profesor de genética de University College de Londres. “Hoy tengo decenas de alumnos que solicitan que se los excuse de las conferencias acerca de la evolución debido a sus creencias religiosas. Incluso me acusan de decirles mentiras cuando digo que la selección natural se apoya en los hechos. Entonces les pregunto si creen en las leyes genéticas de Mendel. Dicen que sí, por supuesto. ¿Y en la existencia del ADN? Otra vez sí. ¿Y en las mutaciones genéticas? Sí. ¿Y en la expansión de la resistencia a los insecticidas? Sí. ¿Y en la divergencia de poblaciones aisladas o islas? Sí. ¿Y aceptan ustedes que los humanos comparten con los chimpancés el 98 por ciento de su ADN? Otra vez sí. Entonces, ¿cuál es el problema de la selección natural? Es una absoluta mentira, dicen. Eso me desconcierta, francamente”.

Dawkins comparte esa sensación de desaliento. “Esta gente afirma que el mundo tiene menos de 10.000 años de edad, lo cual es una equivocación gigantesca. La Tierra tiene varios miles de millones de años. Estos individuos no solo son estúpidos, son colosal y asombrosamente ignorantes. Pero estoy seguro de que el buen sentido prevalecerá”- Y Jones está de acuerdo. “Es una etapa pasajera. En veinte años, ese absurdo habrá desaparecido”. Sencillamente la selección natural es un concepto demasiado importante para que la sociedad pueda vivir sin él, dice. Es la gramática del mundo viviente y les proporciona a los biólogos los medios para entender los miles de millones de plantas y animales de nuestro planeta. Attenborough comparte esta visión y toda su serie de programas sobre la vida en la Tierra se apoya en el sólido pensamiento darwiniano.

“Quienes se oponen dicen que la selección natural no es una teoría apoyada en la observación y la experiencia; que no se basa en los hechos y que no se puede probar”, dice Attenborough. “Bueno, no, no hay manera de probarle la teoría a gente que no creería en ella, así como no se puede probar que la batalla de Hastings tuvo lugar en1066. Sin embargo, sabemos que esa batalla tuvo lugar en ese momento, así como sabemos que el curso de la evolución sobre la tierra muestra de manera irrefutable que Darwin tenía razón”.

Comportamiento animal y evolución

Por: Aldo Iván Vassallo

El aprendizaje social de comportamientos es característico de la especie humana y está en la base de lo que llamamos cultura. ¿Existe, aunque más no fuera en forma rudimentaria, en los animales?

Las caricaturas de Charles Darwin (1809-1882) publicadas en su tiempo por la prensa británica lo mostraban con cuerpo de simio. Era una manera no muy sutil de burlarse de su teoría de la evolución, uno de cuyos corolarios indicaba que la especie humana descendía de los primates. En todas las épocas, el ser humano reservó para sí un lugar aparte y más elevado en la escala natural, a pesar de reconocer que tiene muchos rasgos y comportamientos en común con los animales (aun de los más salvajes).

La noción de escala natural (scala naturae) se remonta a la Grecia antigua. Postula que todos los organismos pueden ser ordenados de manera lineal, continua y progresiva, desde los más simples (como bacterias, amebas y paramecios) hasta el más complejo. Este último generalmente se identifica con el hombre. Pese a que variadas apetencias y ‘bajos instintos’ lo hermanan con bestias de todo tipo, un pequeño pero especial conjunto de características lo distancian salvadoramente del mundo animal. Entre los rasgos supuestamente exclusivos del Homo sapiens se puede incluir una inteligencia cualitativamente superior y el lenguaje oral y escrito, que facilita el traspaso de conocimientos de una generación a la siguiente, y que permitió el éxito ecológico de la humanidad y lo que hoy se conoce con el nombre de civilización.

En otras palabras, cada nuevo ser humano nacido en este mundo no necesita volver a descubrir todas las habilidades y conocimientos técnicos, desde la medicina hasta cultivar tomates, que requiere para integrarse a la sociedad de sus pares. Ese entramado de conocimientos, que es la base de las civilizaciones pasadas y presentes, pequeñas o grandes, suele denominarse cultura, y constituye el resultado colectivo de la labor de muchas personas a lo largo de las sucesivas generaciones.

Fuente: Cienciahoy.com