La fortuna del espectador consciente


“Survival is only important because the dead can’t reproduce!”
Zimmerman

Por: Fabián Sebastián González Mazo
Tal como lo ilustra el escritor estadounidense Mark Twain en su texto “Cartas desde la Tierra” (2006), cuya primera edición (1962) no pudo ser publicada hasta varios años después de su muerte, el ser humano se ha considerado a sí mismo como una obra de gran importancia dentro de la magnánima empresa de Dios. Twain utiliza un tono sarcástico y ciertamente humorístico, en el cual se puede encontrar, entre otras, una crítica en torno a la vanidad del hombre y, por qué no, una crítica al modelo estándar de la religión cristiana que busca explicar la vida. En palabras del arcángel Satanás, quien se encargó de escribir algunas cartas para San Miguel y San Gabriel con el ánimo de informar sobre la obra del Divino, el hombre “cree que el Creador está orgulloso de él; hasta cree que el Creador lo ama; que siente pasión por él; que se queda levantado de noche para admirarlo; sí, y que está para protegerlo y alejarlo de problemas… Llena sus oraciones de toscas alabanzas floridas y de mal gusto y piensa que Él se sienta ronroneando a gozar de esas extravagancias” (Twain, 2006, p. 19).

Desde la publicación de “El Origen de las Especies” en 1859 por Charles Darwin, la discusión en torno al origen del hombre ha persistido en el ámbito académico y fuera de este. Daniel Dennett ilustra dicha situación afirmando que la teoría de la selección natural es uno de los aportes más significativos a la cultura y “la compara con un ácido universal, es decir, con una sustancia tan corrosiva que no puede ser envasada de ninguna manera, pues cualquier envase es incapaz de resistir su fuerza implacable de destrucción” (Corral Cuartas, 2009, p. 96). Efectivamente, la idea de Darwin ha originado diversos cuestionamientos desde su nacimiento, y entre ellos se encuentra la pregunta por el creador y el estatus del hombre en ese proceso ciego que representa la selección natural.

La selección natural trajo consigo diversas ideas que han sido difíciles de asimilar para el hombre, entre las cuales se encuentra la de que no hay necesidad de un diseñador inteligente para que la empresa de la vida (que finalmente es la que toma protagonismo) se despliegue con su gran variedad. “El mensaje de Darwin es que la complejidad presente en los seres vivos, desde los procariotas, hasta los seres humanos, pasando por los organismos unicelulares, y los primates, así como la generación de órganos altamente complejos como los ojos o las alas y finalmente la aparición de la cultura y del lenguaje, en cuanto vehículo para la expresión, discusión y rechazo de las ideas, todos estos procesos son consecuencia de transformaciones graduales y lentos de selección natural a lo largo de los eones” (Corral Cuartas, 2009, p. 103). La idea de un proceso ciego, sin mente y sin ningún propósito en particular, y sobre todo uno que no incluye al hombre como un organismo superior, ha causado discusiones acaloradas. ¿Por qué es tan difícil considerar tal concepción? “Quizá por estar los seres humanos tan familiarizados con la complejidad inherente a los procesos de diseño en las artes y en la técnica y quizá por la circunstancia de que los seres humanos organizamos casi todas nuestras acciones en torno a propósitos, es decir, a la definición de unos fines para los cuales buscamos unos medios, suponemos por vía de analogía que la naturaleza en su complejidad exige la presencia y acción de un diseñador inteligente” (Corral Cuartas, 2009, p. 95).

“Se podría ver ahora que las fuerzas biológicas solas explicaban la variabilidad en el mundo; así, era innecesario dar vuelta a una autoridad más alta como una explicación directa de la diversidad de la vida” (Zimmerman, 2012, p. 16). Aunque rebatir el estatus de Dios no fuera posiblemente el objetivo de Darwin, su teoría, y la lectura concienzuda de esta, inevitablemente hicieron que el hombre encontrara que el puesto de gran diseñador del universo estaba vacante, con el agravante de que nadie tendría que ocuparlo. De esta manera, el carácter mítico del dios creador se vio fuertemente reforzado, lo cual no tiene por qué ser negativo, puesto que el mito tiene cierto valor instrumental. En el mito la verdad se manifiesta como un rastro, dentro de sus objetivos

está persuadir a una multitud, además de obtener provecho de las leyes y el bien común (Casas, 2013). “Es decir, en primer lugar, la religión posee un valor instrumental (porque para la mayoría de los seres humanos la deliberación es algo que queda fuera de sus posibilidades). La religión y las costumbres morales prestan ayuda a ese enorme colectivo al evitar que desesperen, que caigan en el crimen, etc. La tendencia al término medio que promulgan, tiene por objeto inculcar una receta para evitar que, sea cual fuere la situación considerada, una persona de racionalidad limitada se equivoque demasiado (por exceso o por defecto) en cada decisión que tome” (Casas, 2013, p. 126).

Un caso particular

“Tanto desde la perspectiva de las grandes religiones como desde la óptica de la filosofía, el ser humano se impone a sí mismo una corona, para reinar en el centro de la creación, apelando a una razón salida del sombrero de su propio ingenio” (Corral Cuartas, 2009, p. 100). Teniendo en cuenta la cita anterior, y con el objetivo de explorar las reacciones que se produjeron a raíz de la divulgación de la teoría de la selección natural, se observará a continuación el caso de Colombia y su “recepción” de la idea de Darwin. Para tratar de entender lo que sucedió es necesario partir del presupuesto de que quienes se adhirieron a la polémica evolucionista no eran precisamente biólogos o interesados en la historia natural, sino personajes de la política o la religión (Díaz Piedrahita, 2012).

Se trataba de una época agitada, segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX, y se destacaba en el panorama intelectual el pensador y político Miguel Antonio Caro (1843 – 1909), quien en su trabajo “El Darwinismo y las Misiones” criticó duramente al escritor Jorge Isaacs. Esto último debido a que el autor de “María” había realizado un trabajo a partir de observaciones de campo llevadas a cabo a lo largo de seis meses y que tuvo como resultado un texto llamado “Estudio sobre las tribus indígenas del Magdalena”. En este trabajo consignó algunas observaciones e indagó en torno a la idea de Darwin, haciendo gala de una apertura que no caracterizaba a Caro ni a muchos otros personajes indignados en aquel entonces. Al inicio del texto de Isaacs se puede apreciar un fragmento que ilustra la actitud de aquel hombre al abordar los fenómenos que pretendía estudiar:

“Los hombres de ciencia juzgarán únicamente por la valía o importancia de los resultados; es lo natural y lógico, es su derecho temible; mas los del país si tendrán en cuenta que sólo ahora está él dando los primeros pasos, vacilantes por lo mismo, en este género de estudios, tan ocasionados a dificultades, hostilidad y peligros en las comarcas salvajes, como a menos en las civilizadas y en la blandura y el grato calor del gabinete” (Isaacs Ferrer, 1884, p. 4). Isaacs abordó su cometido con prudencia y admitiendo que lo que él pudiera escribir acerca de sus observaciones de campo en aquellos seis meses no sería más que material que debía ser sometido a una revisión seria y, lo más importante, por una comunidad científica. Además, en sus palabras se puede apreciar que no consideraba a las personas del país como hombres de ciencia. Por su parte, Caro se dedicó a atacar directamente los argumentos del observador de comarcas indígenas, manifestando fuertes palabras en torno a aquel hombre que intentaba dar cabida en el país a estudios de biología desde una perspectiva evolucionista. Las palabras de Caro fueron las siguientes: “No se puede negar que los remedadores de Darwin, por su Inclinación a la imitación grotesca, tienen ciertas afinidades, con su presunto abolengo; afinidades, decimos, y nada más como las podemos cualesquiera hombres tener con las imágenes de virtudes y vicios repartidas en la naturaleza animal; pues, por lo demás, no admitimos para ningún racional, inclusos los darwinianos, la miserable alcurnia que ellos con tan escaso sentimiento nobiliario se atribuyen” (Caro, 1962, p. 307).

Las palabras de aquel hombre distaban muchísimo de ser una réplica científica, se trataba más bien de una reacción bastante folclórica que, si buscaba evitar a toda costa el parentesco con los demás primates, falló de principio a fin. Hay varios puntos que vale la pena considerar. Primero, no hay un verdadero acercamiento a la teoría, sólo se puede apreciar una vaga idea de la ascendencia común del ser humano, aunque se utiliza más como un arma de ofensa que como un enunciado argumentativo. Segundo, da muestra de que a partir de la mala lectura de Darwin, combinada con un orgullo desmedido propio de quien se ve destronado, se obtienen unos resultados desastrosos a la hora de insertar las nuevas ideas en el ámbito del conocimiento, de aquel que es riguroso y no teatral. Por último, decir “no admitimos para ningún racional, incluso los darwinianos” señala que la cuestión se abordó indebidamente desde el principio, puesto que se tiñó de ideología, opacando la discusión que las personas realmente interesadas en la evolución podrían haber adelantado. En otras palabras, se convirtió en una lucha donde para algunos era inconcebible verse rebajado a ser descendiente de un mono.

La teoría de la selección natural puso a temblar el piso de los conservadores, quienes indignados se afanaron por atacar con argumentos pobres aquella idea revolucionaria. El rezago en términos científicos en el país pudo pronosticarse desde el principio, puesto que los altos mandos del gobierno se encargaron de desprestigiar a Darwin y su teoría, como si se tratara de una cuestión de alcurnia. Tal como señala Díaz Piedrahita (2012): “Estos novedosos conceptos obviamente alteraban la estabilidad, la armonía y el orden de la creación y de paso socavaban la moral y el principio de autoridad oficial y de la Iglesia local que se inmiscuía indebidamente en el manejo del gobierno” (p. 82).

¿Ciencia vs. Religión?

En un caso aún más sorprendente, y francamente lamentable, Monseñor Juan Buenaventura Ruiz, obispo de Popayán entre 1888 y 1894, arremete sin ningún reparo (ni conocimiento) contra la teoría de la selección natural. “El comentarista parte de la premisa de que una parte de la humanidad aspira a ser maestra del resto mediante la supresión de lo sobrenatural, tratando de destronar a Dios a través de un lenguaje moderno denominado ciencia. Para Ortiz, la ciencia disputa a la fe el dominio de las almas, pues pone en tela de juicio el hecho de una creación general y sosteniendo la creación inmediata de las especies y del hombre, pretendiendo hacer a este descendiente de los animales” (Díaz Piedrahita, 2012, p. 83). Las manifestaciones de Monseñor Ortiz permiten retomar algo que se mencionó al principio de este texto acerca del valor instrumental de la religión en

la vida del hombre. Para Ortiz, se trata claramente de una lucha de poder, cuyos protagonistas son dos pastores enfurecidos que luchan incansablemente por el dominio de un gran (y productivo) rebaño de ovejas. Posiblemente, en aquel momento y aún en la actualidad, ciertos sectores de la religión guardan un profundo miedo a la verdad, la verdad que promueve el pensamiento crítico e impide que las cabezas de los hombres se muevan de arriba a abajo de manera rítmica. De esta manera, cabe aclarar que la concepción de Ortiz es errada, puesto que no se trata de cambiar La Biblia por el libro “El Origen de las Especies”. El conflicto no es entre ciencia y religión, sino entre la concepción medieval y la concepción moderna del mundo (Tamayo, 2011).

Así, mientras el Papa Pío XII, Eugenio María Giovanni Pacelli (1876–1958), se manifestó ante la Academia Pontificia de Ciencias afirmando que el ser humano se diferencia de los demás animales por su alma, y que Adán no pudo ser hijo de un bruto, el Papa Juan Pablo II, Karol Jósef Wojtyla (1920– 2005) expresó una posición contraria, dejando claro que los conflictos entre ciencia y religión podían simplemente no existir: “En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, no buscada ni inducida, de los resultados de los trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye en sí misma un argumento significativo en favor de esta teoría” (Tamayo, 2011, p. 110).

Por otro lado, tal como se puede observar en las palabras del papa Juan Pablo II, el enfrentamiento entre ciencia y religión, entre fe y razón, no resulta ser una postura generalizada en el ámbito religioso. Otro ejemplo de ello es la teóloga Uta Ranke- Heinemann, quien es su obra “No y amén: invitación a la duda” (1998) aborda algunos temas centrales del Nuevo Testamento con gran rigurosidad. Invita, entre otras cosas, a hacer una nueva lectura de los textos allí compilados y descubrir una verdad que no choca contra la razón del hombre de hoy ni ofende su inteligencia (Ranke-Heinemann, 1998). Tal como se mencionó anteriormente, el conflicto es entre la concepción medieval y la concepción moderna del mundo. Aunque el ejercicio de crear un ambiente no hostil entre ámbitos que a lo largo de la historia se han encontrado desgraciadamente en oposición sea algo difícil de asimilar para la mente del hombre moderno, para Ranke-

Heinemann no es tarea de la Iglesia hacer comprender e ilustrar al hombre, y por tanto no ve necesario que la cuestión sea forzosamente elegir estar en un lado u otro. En la introducción de su texto habla de las explicaciones que brinda en su abordaje del Nuevo Testamento, las cuales pueden resultar ofensivas para ciertas personas, aseverando que “[…] la razón no puede dañar a la fe; más bien, y con mayor frecuencia, la fe ha dañado a la razón. Y, bien mirado, querer creer sin que la razón sufra daños es un acto piadoso” (Ranke-Heinemann, 1998, p. 14). Más allá de promover ciegamente este tipo de posturas, vale la pena resaltar que no pocas veces es la vanidad (como se menciona en el texto “El Origen del Hombre”, de Darwin) la que impide que argumentos serios sean valorados como se debería, con rigor científico.

El hecho de que algunos movimientos fundamentalistas tomen la Biblia al pie de la letra y, más aún, que la lean como un texto científico, ha dificultado la relación existente entre ciencia y religión. Tamayo (2011) sintetiza de manera magistral la idea según la cual el conflicto entre ciencia y religión no tiene cabida, expresando que “la ciencia y la fe religiosa no están en contradicción ni pueden estarlo, puesto que no se solapan, son dos modos diferentes de conocimientos porque se centran en distintos planos de una misma realidad, y por lo tanto no pueden entrar en conflictos reales; la verdad científica no puede oponerse a la verdad religiosa… No hay que confundir: la Biblia no es un libro científico, sino histórico-religioso, y El origen de las especies no es un libro religioso, sino científico. También se debe aclarar que la verdadera confrontación es entre las ideas de la ciencia actual y la visión medieval del mundo, que actualmente mantienen solo pequeños grupos anticientíficos; que las posiciones antievolucionistas no son propias de científicos y que la jerarquía católica respeta las ideas científicas, incluyendo a la teoría de la evolución biológica. En síntesis, los anticientíficos antievolucionistas desprestigian tanto a la ciencia como a la religión” (p. 115-116).

El hombre no es el centro

Tal vez los partidarios de aquellas posturas religiosas que abogan por darle a Dios un lugar en la creación no estén precisamente interesados en asegurar el estatus divino, sino en defender su propia posición en la naturaleza. En el siguiente fragmento de una obra del señor Miguel Antonio Caro puede reflejarse mejor la idea anterior:

“Te han calumniado
¡Oh Dios! Tú oyes el grito
Del corazón doliente y consternado; Tienes misericordia y no has proscrito
La augusta libertad. Te han calumniado”.
Caro, M.A. (1888). Artículos y discursos. Primera parte. Bogotá: Librería Americana.

Cabe preguntarse, ¿qué tanto lamentará el señor Caro la calumnia hacia su dios? ¿No estará dicha lamentación más encaminada al propio hombre tan preocupado por su ascendencia biológica? No parece fácil la tarea de asimilar que no se es la creación central de un Dios que está constantemente en función de su pequeña y no tan humilde obra. Nuevamente, Satanás en su labor informativa resulta útil para ilustrar estas cuestiones: “Y ¿para qué servía todo esto según sus intenciones? Tan solo para iluminar este mundito de los hombres. Este fue su único objetivo, y ningún otro. Uno de los veinte millones de soles (el más pequeño) debía iluminar la Tierra de día, y el resto tenía la función de ayudarle a una de las innumerables lunas del universo a atenuar las tinieblas de la noche” (Twain, 2006, p. 28).

A menudo la ciencia destruye paradigmas, brinda nuevas formas de pensar los fenómenos del mundo, abre posibilidades no imaginadas, provee al hombre de herramientas para pensarse a sí mismo y, como sucede con la idea de Darwin, le informa acerca de su propio estatus en la naturaleza. Mal signo es que los paradigmas científicos permanezcan inmóviles e impenetrables, sin ninguna oportunidad de avance, puesto que es esto último lo que le interesa a quienes se dedican a enriquecer el conocimiento científico. Por otro lado, es la vida la que se abre paso día a día. Mediante la variación, la competencia y la herencia, y su interacción permanente a lo largo de extensos periodos de tiempo, se produce lenta y gradualmente por vía de la selección una acumulación de ventajas que favorece la preservación de los individuos (Corral Cuartas, 2009). No hay un fin especial, no hay un plan para sorprender y fascinar al hombre, no hay un sentido “a priori” en esta empresa ciega y desenfrenada llamada vida. Sin embargo, ¿por qué no aprovechar que nos hemos convertido en espectadores conscientes de tan fascinante empresa?
fsebastian.gonzalez@udea.edu.co