Aclarando dudas sobre la atención del psicológo en Medellín y Rionegro

Destacado

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
La psicología clínica en Medellín y Rionegro (Llanogrande), es decir, la atención psicológica bajo dispositivos para terapia individual o terapia de pareja, ha estado rodeada de un halo de misterio y malos entendidos. La mayoría de los pacientes no saben a ciencia cierta que encontrarán y que pueden esperar de una cita con el psicólogo en Medellín o Rionegro. Titulo este texto bajo el marco geográfico de Medellín y Rionegro pues es dónde trabajo y, aunque supongo que en otras latitudes es similar, solo puedo hablar por lo que me toca.

Comencé mi labor como psicólogo en Medellín y Rionegro por medio del diseño de una campaña publicitaria que tratara de desmitificar el tema de asistir al psicólogo, usando el humor y las metáforas del tornillo, de la teja y del coco, para referirme a la mente humana. La campaña tocó las fibras de mis colegas de consultorio en Medellín, quienes me exhortaron a detenerla so pena de expulsarme de la casa de citas (psicológicas), en ese entonces ubicada cerca a la bomba de los Almendros, sitio en donde atendía mis primeros pacientes.

Partí entonces con mi humor para otro lado y comencé a atender pacientes adultos con trastornos de ansiedad o con dificultades de pareja, en los Valles de Aburrá y de San Nicolás. Allí me he encontrado con las mismas inquietudes respecto a qué esperar y cómo participar de la consulta psicológica ¿Cuánto dura una consulta con el psicólogo? ¿Qué vale una cita de psicología? ¿Cuánto tarda un tratamiento psicológico? Siempre trato de responder a estos interrogantes de una manera breve y sencilla, pero para facilitar un poco las cosas he decidido escribir este breve artículo.

Lo primero que suele suceder es que alguien llama a preguntar por el valor de la consulta. Aunque mis colegas acostumbran dejar ese tema para después, yo lo abordo de una vez y advierto que la primera consulta debe cancelarse por anticipado, debido a que un alto porcentaje de personas se deja vencer por la vergüenza, y otros más, después de llamar, se sienten mejor y no asisten a esta primera sesión. Como me muevo entre Medellín y Rionegro, no puedo darme el lujo de viajar de un sitio a otro para quedarme esperando al paciente. Muchas veces lo hice, pero mis perros me han hecho el reclamo de la pérdida de tiempo que he podido pasar con ellos.

Si la consulta no es para quien llama, yo atiendo jóvenes y adultos, no niños, pido que se ponga al teléfono quien asistirá. De este modo puedo evaluar un poco mejor lo que busca la persona y evitar malos entendidos. Finalmente, la terapia psicológica es para quien desea realizar un interesante, aunque incómodo, ejercicio de introspección, experiencia que no todos están dispuestos a sufrir y que, dicho sea de paso, tampoco necesitan todos. ¿Usted me va a decir, doctor, lo que debo hacer? Me interrogan, y la respuesta siempre es negativa. Negativa, porque yo no tengo ese poder y porque eso descargaría en mí la responsabilidad que tiene el paciente sobre su propia vida.

¿Y entonces por qué me cobra si yo soy el que trabajo? Buena pregunta pero equivocada perspectiva. Realmente ambos trabajamos en la terapia. Yo, desde mi posición de terapeuta, observando y cuestionando algunos pasajes de lo que se expresa en vivo y en directo, y el paciente contando de forma honesta y desprevenida lo que le acontece, le incomoda y sobre lo que desea trabajar. Hace muchos años hice esa misma pregunta a mi psicoanalista y me dijo que era por el espacio del consultorio y su presencia. Creo que esa respuesta fue incompleta pues no se trata de cubrir el costo de un alquiler y el de estar presente, sino de una escucha activa y una intervención oportuna con las preguntas adecuadas.

La mayoría de los pacientes desertan a las pocas sesiones, y es normal. La psicología clínica no se hizo para todo el mundo. Como decía anteriormente, la consultas psicológicas implican un esfuerzo personal que pocos están dispuestos a pagar, pero que, quienes se atreven, logran valorar por el conocimiento personal que obtienen de sí mismos y el conocimiento que desarrollan de su personalidad, sus virtudes y sus defectos. Por eso se habla de tratamiento y no de curación. Finalmente, hay cosas con las que vinimos, otras que adquirimos y otras más de las que nunca nos deshacemos.

Lo más importante es reconocer que aunque hablar es diferente a pensar, y nos ayuda tremendamente a organizar y proporcionar las ideas que en la imaginación se ven tan amenazantes, no es suficiente para conseguir una modificación de la realidad. Si se quiere modificar la vida personal, ese pequeño universo que manejamos, se deben hacer cambios en la forma de pensar y de actuar. Algunos dirán que también en la forma de sentir. Los psicólogos evolucionistas aún debatimos sobre este último punto pues creemos que muchas veces hay que actuar en desacuerdo con los sentimientos en aras de la convivencia.

Muchos interrogantes quedan sueltos en este artículo, pero no deseo extenderme más. Es seguro también que otras dudas surgen de acuerdo con el momento personal e histórico del paciente, pero espero haber aclarado por lo menos las más importantes. Si hay alguno más que haya dejado en el tintero no dejen de comentarlo y escribirlo justo debajo de esta publicación. Estaré atento a responderlos y, por supuesto, a escucharlos en mi consultorio de psicología.

Conversaciones en UN Radio sobre la psicología evolucionista


En días pasados, estuvimos compartiendo con el profesor Juan Diego Vélez en su programa radial Conversaciones en Contravía de la Universidad Nacional, nuestras apreciaciones sobre la psicología evolucionista, el modelo estándar de las ciencias sociales y el psicoanálisis en Medellín y en Colombia.

Hablamos del pasado, presente y posible futuro de este nuevo campo de estudio de la psicología, en la que se entiende la mente humana como el producto biológico de la presión ambiental y las mutaciones genéticas, a partir de la teoría de la evolución de Charles Darwin. Ésto molesta a algunos, sorprende a otros y a unos cuantos interesa.

¿Es determinista la psicología evolucionista? ¿Cómo explica el altruismo y el egoísmo? ¿Somos iguales que una abeja o una hormiga en términos evolutivos? ¿En qué lugares del mundo se está estudiando psicología evolutiva o evolucionista? Estos y otros interrogantes, fueron discutidos por el profesor Vélez con el psicólogo Carlos Andrés Naranjo Sierra.

Para escuchar los programas, haga clic en el enlace respectivo:
Psicología Evolutiva 1
Psicología Evolutiva 2

Sobre el libro Con una sola pierna, de Oliver Sacks

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
La historia comienza luego de que el autor sufre la fractura se su pierna izquierda, huyendo de un toro en las montañas noruegas, viéndose enfrentado a la necesidad de moverse para encontrar ayuda y luego para recuperarse en medio de la incomprensión del personal médico y de enfermería respecto a la pérdida de percepción y control sobre su extremidad inferior, conocido como síndrome de Pützl.

Oliver Sacks es un autor sui generis pues navega entre el género científico y el literario, en lo que algunos han dado en llamar, creo yo con bastante acierto, novela neurológica. Nunca nos repondremos de su partida definitiva el año pasado, a los 82 años, debido a un cáncer de hígado, pues sus libros han permitido que el público neófito se acerque con mayor confianza a temas relacionados con la mente humana y la cultura.

No en vano, el libro está dedicado al famoso neuropsicólogo ruso Alexander Romanovich Luria, con quien el autor mantiene un intercambio epistolar sobre su caso y en el que el científico ruso lo anima a escribir el presente libro, con el fin de ampliar la visión mecanicista de la neurología hacia nuevos horizontes que la integren con la psicología.

Durante su padecimiento y recuperación, el autor encuentra una especial relación entre ritmo y movimiento, entre música y cuerpo, que tal vez dieron origen a uno de sus posteriores libros llamado Musicofilia, publicado en su versión original en 2007 y en su versión en español en 2009, y que introducen un metatema en el libro Con una sola pierna, que recorre la historia de principio a fin.

“Hasta que no llevaba un rato contando con una voz de bajo retumbante y sonora no me di cuenta, de pronto, de que me había olvidado del toro o más exactamente, que había olvidado mi miedo, en parte porque comprendía que no tenía ya objeto y en parte porque me daba cuenta de que había sido absurdo ya desde el principio. No había en mi lugar para aquel miedo, ni para ningún otro, porque estaba lleno a rebosar de música. E incluso no era literal, audiblemente música, estaba la música de mi orquesta de músculos tocando, ´la silenciosa música del cuerpo´, según esa bella frase de Harvey. Con esta interpretación, con la musicalidad de mi movimiento, yo mismo me convertí en música: ´Tú eres la música, mientras la música dura´. Una criatura de músculo, movimiento y música, un todo inseparable actuando al unísono, salvo por aquella parte de mí suelta, aquel pobre instrumento roto que no podía incorporar porque yacía mudo e inmóvil sin tono ni melodía”, dice Sacks en la página 29 de este libro.

En resumen, un libro especialmente recomendado para el grueso del público interesado en los fenómenos neuropsicológicos, y también para el pequeño grupo de profesionales de servicios de la salud, en el que muchas veces despreciamos la opinión de nuestros pacientes, basándonos en prejuicios académicos o personales que nos impiden caminar por el sendero de la humildad que suele llevar al conocimiento.

El abuelo simio y los trastornos de ansiedad


Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
En un pequeño claro del bosque, iluminado por la luz de la luna, duerme uno de nuestros antepasados, acompañado por un manso lobo. Se abriga con la piel de un bisonte que comió hace más de veinte días, y coloca su lanza, con punta de roca, a un lado mientras intenta conciliar el sueño. Los sonidos de la noche lo atormentan. No sabe si lo que se mueve es el viento o una fiera que puede devorarlo. Su pequeño lobo aúlla en medio de la noche y en ocasiones emite algo parecido a un ladrido.

Es una noche común y corriente de nuestro abuelo filogenético, es decir nuestro antepasado evolutivo. Él tenía que cuidar su existencia en todo momento. Cada situación de peligro era realmente un asunto de vida o muerte. De pequeñas decisiones como paralizarse, esconderse, someterse o luchar, dependía que pudiera despertar al día siguiente. Generalmente buscaba a otros homínidos para sumar fuerzas, dividir tareas y disminuir los riesgos, pero no era suficiente, el peligro estaba siempre ahí.

De modo que aquellos más precavidos, más previsivos, posiblemente más ansiosos, fueron los que sobrevivieron en medio de la lucha salvaje por la supervivencia, hace cientos de miles de años. Un descuido representaba la diferencia entre comer o ser comido. Así que nosotros, los herederos de aquel abuelo asustadizo, conservamos parte de sus reacciones límbicas, que nos dicen constantemente que debemos tener mucho cuidado con todo lo que nos sucede, pues nos va la vida en ello.

La vida moderna, lejos de la selva africana donde comenzó nuestra especie, ya no ofrece la disyuntiva literal de comer o ser comido, pero sí dispara nuestro sistema de alertas de manera casi idéntica. La genética, sumada a los problemas de contaminación y movilidad, la falta de acceso a los recursos básicos, las competencias laborales, familiares y sociales, junto con los pequeños y limitados espacios que habitamos, suelen conducirnos al estrés y, en ocasiones, a los trastornos de ansiedad.

Para diagnosticar un trastorno de ansiedad se debe descartar si se debe a una enfermedad médica o al consumo de alguna sustancia; si se debe a algún acontecimiento particular y si el temor es desencadenado por situaciones específicas. También si obedece a ideas persistentes, como las obsesiones, y finalmente, si las alteraciones provocan un malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad de la persona.

Y luego de descartar que no se trate de otra enfermedad o de algún acontecimiento puntual, tenemos la impresionante cifra de que cerca del 40% de la población mundial padece algún tipo de trastorno de ansiedad. Es decir, nuestro abuelo primate aparece en cuatro de cada diez Homines sapientes, con la suficiente frecuencia para desconfigurar su vida diaria, activando constantemente la alarma de muerte. No importa si los acontecimientos son grandes, medianos, pequeños o insignificantes. La alarma se dispara consumiendo recursos y energía que podríamos utilizar en actividades más lúdicas y productivas.

¿Se puede hacer algo? La verdad, no hay una fórmula única para enfrentar los trastornos de ansiedad. Pero mientras esperamos a que pasen los milenios necesarios para que la mente humana evolucione y vaya tomando distancia de la de nuestros antepasados amenazados, es prudente dedicarle un poco más de tiempo a lo que nos gusta, a lo que nos conecta con los placeres moderados, y un poco más de cabeza fría a los acontecimientos que nos conectan con nuestro abuelo simio. De otro modo nos fundiremos nosotros, antes que nuestra alarma.

Comparte tus artículos de Psicología en PSICOSAPIENS

espsico

Tus artículos inéditos (Google toma a mal las copias) son bienvenidos en PSICOSAPIENS. Te ofrecemos una plataforma de medios digitales para dar a conocer lo que sientes, piensas y/o haces en este mundo de la psicología evolucionista. Envíanos tus textos, ojalá de más de 600 palabras, al correo electrónico que indicamos en la imagen de este artículo para pasarlo a nuestro comité de redacción. También puedes contactarnos en cualquiera de nuestras redes sociales.